domingo, 17 de enero de 2021

Estar inmunizado no significa estar esterilizado

 

La irrupción de la pandemia por COVID19 ha generado una dramática alteración de nuestros usos y hábitos cotidianos y nos ha limitado enormemente nuestra capacidad de interacción y movilidad.

Desde el minuto uno de la irrupción de la pandemia, se nos ha puesto la zanahoria delante, con cálculos poco realistas y cicateros respecto de la capacidad infectiva del virus, de la gravedad de la enfermedad, la duración temporal del confinamiento, o con planteamientos optimistas respecto de nuestra capacidad de haber “vencido” al virus o la posible progresiva “degradación” de éste con la consiguiente pérdida de capacidades lesivas. Por no hablar de la ya recurrente incapacidad de aprender de nuestros errores.



Dado que se ha producido una afectación a nivel global, con gravísimas consecuencias en los ámbitos sanitario y económico, se ha puesto enorme interés (dinero, recursos humanos y materiales, y voluntad política) en el desarrollo de la vacuna frente al SARS-COV2, que ha llegado hasta nosotros en un tiempo récord, lo cual es una excelente noticia.

No obstante, en buena medida se puso en ello toda la esperanza de terminar así con la pesadilla, aunque últimamente ya se nos va dejando caer que no será así del todo.

Y es que, aunque a día de hoy se sabe que la capacidad de inmunización es de al menos 8 meses (tampoco podemos saber más porque no ha pasado más tiempo), se va ofreciendo información respecto de la posibilidad de que las eventuales mutaciones del virus hagan que las vacunas pierdan su capacidad al menos parcialmente.

En cualquier caso, la inmunización, fundamental para evitar que la enfermedad se nos apodere, no significa que tengamos una capa protectora que evite que el virus nos colonice.

Se ha demostrado, por un lado, la posibilidad de reinfección en personas anteriormente expuestas, por otro, que el virus, al entrar en contacto con un organismo ya vacunado, va a colonizar las vías aéreas superiores; pero, con el paso de días y, por tanto, mediada la actuación de nuestro sistema inmunitario, éste no va a permitir que progrese hacia las vías respiratorias inferiores (pulmones). Eso sí, durante ese tiempo en que se conviva con el virus, tendremos capacidad de infectar. Por no hablar de que un porcentaje de población (5-10%) no va a reaccionar adecuadamente a la vacuna y no estará inmunizado.

No obstante, estamos encontrando consecuencias positivas a la situación, ya que gracias a las medidad higiénicas adpotadas (en especial el uso de mascarillas, distanciameinto social y lavado de manos), se ha reducido drásticamente la incidencia de otras enfermedades de transmisión respiratoria y gastrointestinal.

Así que es presumible que el proceso de normalización social va se ser más largo de lo que quisiéramos, que las mascarillas han llegado para quedarse con usos que antes casi ridiculizábamos en los orientales, que los métodos de diagnóstico diferencial de posible infección (Covid/gripe/influenza) o del estado inmunitario (monitoreo del desarrollo y persistencia de anticuerpos tras la vacunación) se harán cotidianos, y que la vuelta a la normalidad normal tardará.

 

 

Luis García del Moral
Medicina de la Educación Física y Deporte
Valencia, enero 2021



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